Y la estamos perdiendo aquí, en la furiosa y desconfiada Buenos Aires, y allá, en las pacíficas e inocentes extensiones del Amazonas.
Aquí, cada vez más jóvenes, jóvenes cada vez más jóvenes, más niños conocen más drogas, cada vez más duras, drogas jóvenes cada vez más destructoras. Niños cada vez más violentos, criminales violando en criminales a las mentes jóvenes, convirtiendo en duras mentes criminales a las inocentes extensiones de las mentes de los niños. Niños violentando sus propias mentes con pasión de inocentes.
Y allá el fuego. El fuego quemando árboles de 100 años en horas. Convirtiendo en cenizas las casas que los búhos y las orquídeas habitaron durante 100.000 años en un día, volviendo de color ceniza el verde del arco iris, convirtiendo en polvito insignificante las verdaderas catedrales sagradas, transmutando en abono para mandioca el suelo formado en xx.000.000 de años, profanando el verdadero templo de la Tierra, hundiendo las manos en la verdadera virgen, en la verdadera inocente, en la madre de las nubes del viento de la lluvia. Hundiendo las manos como hachas, como fuego inquisidor, como bulldozers infinitos en los senos puros de las madres monas, de las madres yaguaretés, de las madres aguará guazú. Aplastando entre risas las cabezas misteriosas de las boas, las caparazones únicas de las tortugas, aplastando sin descanso la inocente armadura de los escarabajos. Gritando gasoil en los oídos de los indescriptibles pájaros. Respirando alcohol y pasta base en medio del paraíso.
Estamos perdiendo la batalla.
Y cómo.
Nuestra Madre Verde de corazón de plumas de pájaro
Nuestra Madre Verde de corazón de latidos de lluvia
NUESTRA MADRE VERDE AGONIZA
EN NUESTRAS MANOS A CAUSA DE NUESTRAS MANOS